Aunque no podamos situar con exactitud en una época determinada los
comienzos de este canto, también llamado canto llano, sabemos que
sus orígenes se remontan a los cantos monódicos de las
sinagogas judías, que sus modos fueron heredados de la
música griega y que también desciende de los cánticos
entonados por los primeros cristianos en las catacumbas. Transmitido de
viva voz de generación en generación, sin normas escritas de
interpretación en sus principios, el canto gregoriano ha sido
utilizado como el medio de expresión más perfecto para la
oración durante más de 1.400 años.
Fue el Papa San Gregorio I Magno quien ordenó recopilar y ordenar
todas las obras existentes hasta entonces. Con la creación de las
Scholae Cantorum, aparecen los antifonarios, para los que se crea una
notación especial. Se inicia una nueva época de esplendor
para este canto, que desde entonces se conocerá como canto
gregoriano en honor de este Papa y que será el vehiculo por
excelencia de la liturgia cristiana, utilizado tanto en la misa por los
sacerdotes como para el oficio divino en los monasterios.
Aún hoy la Iglesia Católica reconoce este canto como el
propio de la liturgia romana, como lo definiera el Capitulo VI de la
Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II
(Sacrosantum Concilium) nº116. Pero desafortunadamente para muchos,
la lengua latina ha caído en desuso incluso en el seno de la propia
iglesia, y el número de religiosos que continúan entonando
el canto gregoriano se ve reducido considerablemente día a
día. Una excepción la constituyen las abadías
benedictinas, que mantienen viva esta tradición en todo su
esplendor.
Su estructura musical no tiene la rigidez de valores de la música
tradicional o clásica, su ejecución, aunque difícil
y conocida tan sólo por una minoría, es para los cantores
una fuente inagotable de profunda paz y alegría espiritual desde
la humildad y la fe, que constituyen un requisito indispensable para su
interpretación. Toda la esencia del cristianismo está
condensada en las melodías gregorianas, cuya letra la constituyen
los textos litúrgicos de las sagradas escrituras.
El canto gregoriano despierta en el alma sentimientos de paz y serenidad;
el oyente se sitúa en un plano sobrenatural, en una atmósfera
de perfecta serenidad en la que se desarrolla silenciosamente la
contemplación interior, motivo último de la oración
cantada.
Mucho se ha hablado y escrito recientemente sobre este canto, cuya
principal característica es la profunda y sublime espiritualidad
en que se inspira.
Pero no debe olvidarse nunca que la única finalidad del canto
gregoriano es puramente litúrgica, es decir, está destinado
a la oración. Por lo tanto, su uso fuera de la liturgia
únicamente resulta justificable desde el punto de vista de la
conservación de esta verdadera joya cultural que en el futuro,
por diversidad de razones, podría estar abocada a su olvido y
desaparición.